14ª Estación.- Jesús es colocado en el sepulcro

 

         “Al caer la tarde llegó un hombre rico de Arimatea, de nombre José, que era también discípulo de Jesús. Fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo y Pilato mandó que se lo entregaran. José se llevó el cuerpo de Jesús y lo envolvió en una sábana limpia; después lo puso en el sepulcro nueva excavado para él mismo en la roca, rodó una losa grande a la entrada del sepulcro y se marchó”   (Mt. 27, 57-60)

Oración:

Señor Jesús, el grano de trigo triturado para alimentar a los hombres es enterrado… parece que todo llega a su fin… pero, ‘si el grano cae en tierra y muere dará mucho fruto’: porque el que se humilla será enaltecido, y el que pierde su vida por Ti en este mundo resucitará para la vida eterna. Señor, aviva mi fe y mi esperanza para que mi vida comience en Ti como en su fuente y tienda a Ti como a su fin.

13ª Estación.- Jesús muere en la cruz

“Era ya eso de mediodía cuando se oscureció el sol, y toda la región quedó en tinieblas hasta la media tarde. La cortina del templo se rasgó por medio. Jesús gritó muy fuerte: -Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu. Y dicho esto, expiró”(Lc.23, 44-46)

Oración:

Señor Jesús, no has venido a ser servido, sino  a servir y dar la vida por la salvación del mundo. Tu misión es hacer la voluntad del Padre; a El entregas tu persona. Tu muerte en cruz es signo de tu confianza absoluta en el amor de Dios Padre. Señor, ayúdame a olvidar ‘mis proyectos’ y a entregar mi vida a cumplir la voluntad del Padre. ¡Heme aquí, Señor, para hacer tu voluntad!

12ª Estación.- Jesús en la Cruz, su Madre y el discípulo

“Al ver a su madre y a su lado al discípulo preferido, dijo Jesús: -Mujer, ése es tu hijo. Y luego al discípulo: -Esa es tu madre. Desde entonces el discípulo la tuvo en su casa”   (Jn. 19, 26-27)

Oración:

Señor Jesús, ahora sé que tu entrega y generosidad es definitiva: tu amor materno es derramado en mi corazón. Tu madre es mi madre. Gracias Jesús, espero recibir su amor y compaña en mi corazón. Y tú, María, ante la cruz de tu Hijo, sufres los dolores del parto: das a luz a una nueva humanidad. Señor, concédeme fortaleza para mantenerme fiel ante la cruz, y fidelidad para construir tu iglesia, junto a María.

11ª Estación.- Jesús promete su reino al buen ladrón

“Uno de los malhechores crucificados lo escarnecía diciendo: ¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti y a nosotros.  Pero el otro lo increpó: -¿Ni siquiera tú, sufriendo la misma pena, tienes temor de Dios? Y la nuestra es justa, nos dan nuestro merecido; en cambio, éste no ha hecho nada malo. Y añadió: -Jesús, acuérdate de mí cuando vuelvas como rey. Jesús le respondió: -Te lo aseguro: Hoy estarás conmigo en el paraíso”     (Lc. 23, 39-49)

Oración:

Señor Jesús, el que sufre contigo te reconoce como Mesías. Tú miras la profundidad del corazón humano y no juzgas por las apariencias. Muestras la misericordia entrañable de Dios Padre: ‘tus pecados están perdonados’, ‘ tu fe te ha salvado’. Señor, que sepa reconocerte en los hermanos crucificados, y, desde mi propia cruz, mire con ojos nuevos a quienes el mundo condena.

9ª Estación.- Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén



 “Lo seguía un gran gentío del pueblo y muchas mujeres que se golpeaban el pecho y gritaban lamentándose por él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: -Mujeres de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad mejor por vosotras y vuestros hijos”   (Lc. 23, 27-28)

Oración:

Señor Jesús, aún tienes fuerzas para atender y consolar a los que lloran. Pero, no quieres falsas compasiones, ni lágrimas fingidas. Me invitar a llorar por dentro mi propio egoísmo, mi propia culpa; a llorar por el olvido de los que, a mi lado, caminan con la cruz, sufriendo las injusticias. Señor, dame entrañas de misericordia, para comprender y consolar el llanto de mis hermanos.

10ª Estación.- Jesús es crucificado

“Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota, le dieron a beber vino mezclado con hiel; Jesús lo probó, pero no quiso beberlo: Después de crucificarlo se repartieron su ropa echando suertes y luego se sentaron allí para custodiarlo”   (Mt. 27, 33-36)

Oración:

Señor Jesús, tu entrega es total; te despojas hasta de lo poco que cubre tu desnudez. Y te dejas crucificar; también hoy, en toda persona que sufre abandono, maltrato, explotación o hambre; en tanto inocente que veo pasar desde la comodidad de mi sillón. Señor, ayúdame a entregar mis cosas por el bien de los otros, y a luchar contra tanta indiferencia para con los pobres.

8ª Estación.- Jesús es ayudado por el Cireneo a llevar la cruz

“Mientras lo conducían, echaron mano de un tal Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevase detrás de Jesús”  (Lc. 23, 26)
Oración:

Señor Jesús, también tú necesitas que te echen una mano. La cruz es dura y cruel, y debe ser compartida. Hay que arrimar el hombro y aceptar la llamada a la solidaridad. A veces, como el Cireneo, cargando con la cruz del hermano. Señor, que me dé cuenta del dolor de los que sufren, y no escurra el hombro.

 

7ª Estación.- Jesús carga con la cruz

 “Entonces, al fin, se lo entregó para que lo crucificaran. Y con eso se hicieron cargo de Jesús. El, llevando su cruz, salió para un lugar que llamaban la Calavera (en arameo Gólgota)”   Jn. 19, 16-18)

Oración:

Señor Jesús, ¡Qué difícil asumir la propia cruz! Cargar con mis limitaciones y enfermedades, mis pecados e incomprensiones. Y sin embrago, no puedo renunciar a ella, pues el que quiera ser discípulo ha de renunciar a sí mismo, cargar con su cruz y seguirte. Señor, quiero llevar mi cruz, asumir las consecuencias de tu seguimiento.

5ª Estación.- Jesús es juzgado por Pilato

 “Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, pidió agua y se lavó las manos cara a la gente, diciendo: -Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!  El pueblo entero contestó: -¡Nosotros y nuestros hijos respondemos de su sangre!  Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de mandarlo azotar, lo entregó para que lo crucificaran”   (Mt. 27, 24-26)

Oración:

Señor Jesús, ¡Qué fácil lavarse las manos ante las injusticias!  Pensamos y decimos: no conviene enfrentarnos; hay que ser diplomáticos. Mientras, los inocentes sufren y son maltratados. Señor, que sea sensible a la injusticia, y capaz de gritar a favor de mis hermanos que siguen sufriendo por mi comodidad.

6ª Estación.- Jesús es azotado y coronado de espinas

“Entonces Pilato mandó azotar a Jesús. Los soldados trenzaron una corona de espino y se la pusieron en la cabeza, lo vistieron con un manto color púrpura y, acercándose a él, le decían: -¡Salud, rey de los judíos! Y le daban bofetadas”(Jn.19, 1-3)

Oración:

Señor Jesús, así pagan tus buenas obras. El desprecio, la afrenta, las burlas son las formas de agradecer tu entrega al servicio de los hombres. ¡Qué sin sentido!  Y sin embargo, tu realeza se proclama en el sufrimiento.  Señor, ayúdame a descubrir tu rostro en los marginados y maltratados; ellos son los preferidos de tu Reino.

 

Via Crucis – 4ª Estación – Jesús es negado por Pedro

“Mientras Pedro estaba abajo en el patio llegó la criada del sumo sacerdote y, al ver a Pedro calentándose, se le quedó mirando y le dijo: -También tú andabas con el Nazareno, ese Jesús.  El lo negó diciendo: -¡Ni sé ni entiendo de qué me hablas tú!  Salió fuera, al zaguán, y un gallo cantó. Pero la criada lo vio y volvió a decir a los allí presentes: -Este es uno de ellos.  El lo volvió a negar. Al poco rato, también ellos empezaron a decirle: -Tú eres uno de ellos, seguro, eres galileo.  Pero él se puso a echar maldiciones y a jurar: -¡No conozco a ese hombre que decís!  Y en seguida, por segunda vez, cantó un gallo. Pedro se acordó de las palabras de Jesús: ‘Antes que el gallo cante dos veces, me negarás tres’, y se echó a llorar”   (Mc. 14, 66-72)
Oración:

Señor Jesús, tú declaras ante un tribunal, y Pedro te niega ante al criada. Y, en Pedro, mis negaciones de cada día, fruto del miedo a quedar mal, de la falta de coraje a vivir comprometido.  Señor, quiero decir no, a la cobardía, al falso respeto, a todo lo que me impida ser tu testigo.

Via Crucis – 3ª Estación – Jesús condenado por el sanedrín

“Los sumos sacerdotes y el consejo en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte, pero no lo encontraban a pesar de los muchos falsos testigos que comparecían. El sumo sacerdote le dijo entonces: -Te conjuro por Dios vivo a que me digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios. Jesús le respondió: -Tú lo has dicho…  El sumo sacerdote se rasgó las vestiduras diciendo: -Ha blasfemado, ¿qué falta hacen más testigos? Acabáis de oír la blasfemia, ¿qué decís?  Contestaron ellos: -Pena de muerte”   (Mt. 26, 59-66)

Oración:

Señor Jesús, ¡cómo nos cuesta decir la verdad!. Pero sólo la verdad rompe las cadenas del pecado y libera. Por eso, aunque sabes que vas a morir, te declaras Hijo de Dios. Verdad anunciada y proclamada sin tapujos, frente a cualquier adversidad. Señor, quiero seguir tu camino y anunciarte con sinceridad.

Via Crucis – 2ª Estación – Jesús, traicionado por Judas, es arrestado

 “Aún estaba hablando cuando apareció Judas, uno de los Doce, acompañado de un tropel de gente con machetes y palos, mandada por los sumos sacerdotes y los senadores del pueblo. El traidor les había dado por seña: -El que yo bese, ése es; detenedlo. Se acercó en seguida a Jesús y le dijo: -¡Salud, Maestro!  Y lo besó con insistencia”   (Mt. 26, 47-50)

Oración:

Señor Jesús, todos convivimos con el engaño. Soy de los tuyos y te traiciono y te entrego. A ti y a mis hermanos: cada olvido de ellos es un beso de traición para ti. Señor, ayúdame a vivir en fidelidad, y que sea constante en el amor y en el bien.

Via Crucis – 1ª Estación – Jesús ora en Getsemaní



“Llegados a una finca que se llama Getsemaní, dijo a sus discípulos: -Sentaos aquí mientras yo voy a orar. Se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, empezó a sentir horror y angustia, y les dijo: -Me muero de tristeza; quedaos aquí y estad en vela. Adelantándose un poco, cayó en tierra, pidiendo que si era posible se alejase de él aquella ora; decía: -¡Abba! ¡Padre! Todo es posible para ti, aparta de mí este trago, pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tu quieres”   (Mc. 14, 32-36)

Oración:

Señor Jesús. ¡cuántas veces te he dicho “aparta de mí este cáliz”!  Dame la fuerza necesaria para aceptar tu voluntad sobre mí, para ser obediente a tus designios. Señor, ¡enséñame tu camino! Y que no se haga mi voluntad, sino la tuya.

El Avemaría y su significado

¿Qué es el Avemaría?

El Avemaría es una oración formada por 6 peticiones.

¿Qué significan cada una de las peticiones?

Las tres primeras peticiones están tomadas de la Sagrada Escritura:

· Dios te salve, María (Lucas 1, 28): El saludo que Dios mismo le hizo por intermedio del arcángel San Gabriel.

· Llena eres de gracia, el Señor es contigo (Lucas 1, 28): Con estas palabras el ángel Gabriel señala a María como la morada de Dios entre los hombres. El Verbo de Dios habitará en ella y por ella será entregado al mundo.

· Bendita eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús (Lucas 1, 42): Son las palabras de Santa Isabel, que llena del Espíritu Santo, pronunció ante la Virgen María. Estas palabras nos enseñan que gracias a la fe de María, el mundo recibió a Aquel que es la bendición misma de Dios: Jesús, nuestro Señor.

Las siguientes tres peticiones son agregadas por la Iglesia:

· Santa María, Madre de Dios: Es el título más grande y más hermoso que un ser humano haya recibido. María, en vista de su maternidad divina, fue preservada del pecado original, y al ser la madre de la segunda Persona de la Santísima Trinidad, hecha hombre en sus purísimas entrañas, es también Madre de Dios. Nosotros al recibir el Bautismo nos hacemos hijos de Dios por adopción, por lo tanto, también somos verdaderos hijos de María, de quien aprendemos a confiar en la voluntad divina.

· Ruega por nosotros, pecadores: Con esta invocación, pedimos a María, nuestra Madre, que siempre escuche nuestros ruegos y siempre nos proteja, porque Ella estará al lado de cualquiera que desee el socorro de Dios y estará vigilando que la redención y salvación de su Hijo, llegue a todos los hombres y mujeres.

· Ahora: Con este deseo perentorio, queremos que María esté siempre en el hoy de nuestras vidas, que recorra con nosotros el camino de nuestra vida presente.

· Y en la hora de nuestra muerte: Debemos pedir, sobre todo, que María nos acompañe en el momento de nuestra muerte, y nos conduzca a la vida eterna.

Via Crucis (cómo rezarlo)

CÓMO REZARLO

Inicia, como todas las oraciones cristianas, con la Señal de la Cruz; se hace un acto de contrición y una invocación a Jesús ofreciendo el ejercicio.
Se menciona cada estación, de acuerdo a lo relatado en los evangelios. En cada una hay una invocación, reconociéndonos pecadores e implorando el perdón; sigue la lectura de una cita bíblica; después una reflexión para meditar en cada momento y una súplica para nuestra vida diaria. Se hace una aclamación alabando a Jesús por su Sacrificio y se reza un Padre Nuestro, una Ave María y un Gloria, mientras caminamos hacia la estación siguiente. Puede incluirse algún breve canto de perdón y arrepentimiento entre cada estación.

Se inicia de rodillas: “Por la señal de la Santa Cruz, de nuestro enemigos, líbranos Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

Acto de Contrición: Jesucristo, mi Dios y mi Salvador: yo me arrepiento de corazón de todos los pecados que he cometido, porque con ellos ofendí a un Dios tan bueno. Propongo firmemente no volver a pecar. Confío en que me perdonarás mis culpas y me llevarás a la vida eterna, porque eres bueno. Amén.
Ofrecimiento: ¡Dulcísimo Jesús mío, que por mi amor quisiste caminar fatigado y afligido con el pesado madero de la cruz! En memoria y reverencia de lo que por mí padeciste en aquél áspero camino, te ofrezco los pasos que ahora daré, unidos a tus infinitos merecimientos, con la atención de ganar todas las indulgencias que los Romanos Pontífices han concedido a los que hacen con devoción este santo ejercicio. Para este fin te suplico y ruego por el remedio de las graves necesidades encomendadas por los Sumos Pontífices y aplico cuantas indulgencias ganaré por las benditas almas del Purgatorio que fueren de tu agrado y de mi mayor obligación. Dame, Señor, tu divina gracia, para que cuanto en este santo ejercicio medite o rece, sea grato a tus divinos ojos. Así sea.
 
 
 VIA CRUCIS

 
PRIMERA ESTACIÓN: Jesús es condenado a muerte  
Señor, pequé, ten misericordia de mí. Te adoramos Cristo y te bendecimos, porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador. Amén.
“Pilato mandó sacar a Jesús y dijo a los judíos: ‘Aquí tenéis a vuestro rey’. Pero ellos le gritaban: ‘¡Fuera, fuera, crucifícalo!’ Pilato le dice: ‘¿Pero cómo he de crucificar a vuestro rey?’ respondieron los príncipes de los sacerdotes: ‘Nosotros no tenemos más rey que el César’. Entonces se los entregó para que fuera crucificado” (Jn 19, 14-16)
Considera alma mía, cómo en la casa de Pilatos fue cruelmente azotado el redentor del mundo, coronado de espinas y sentenciado a muerte. Señor, que el recordar la condena injusta que tu sufriste, nos cuidemos de no condenar a los demás.
¡Bendita y alabada sea la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su Santísima Madre al pie de la Cruz. Así sea!
Padre Nuestro, Ave María y Gloria.
 
  
SEGUNDA ESTACIÓN:
Jesús con la cruz a cuestas
Señor, pequé, ten misericordia de mí. Te adoramos Cristo y te bendecimos, porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador. Amén.
“Los judíos tomaron a Jesús y cargándole la cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario” (Jn 19,17).
Considera alma mía, cómo a nuestro amado Jesús le pusieron en sus lastimados hombros el gran peso de la cruz. Señor, concédenos, para hacernos dignos de ti, el saber aceptar nuestra cruz con amor.
¡Bendita y alabada sea la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su Santísima Madre al pie de la Cruz. Así sea!
Padre Nuestro, Ave María y Gloria. .

  
TERCERA ESTACIÓN: Jesús cae por primera vez
Señor, pequé, ten misericordia de mí. Te adoramos Cristo y te bendecimos, porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador. Amén.
“Han ofrecido mi espalda a los que me golpeaban, y mis mejillas a los que me arrancaban la barba; no aparté la cara ni de los ultrajes ni de las salivas que me echaban” (Is 50,6)
Considera alma mía, como caminando el Señor con la cruz a cuestas, herido y desangrado, cayó en tierra debajo de la Santa Cruz. Señor, el que camina, alguna vez cae. Que sepamos levantarnos y ayudemos a los demás a seguir caminando.
¡Bendita y alabada sea la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su Santísima Madre al pie de la Cruz. Así sea!
Padre Nuestro, Ave María y Gloria.
  
CUARTA ESTACIÓN: Jesús encuentra a su Santa Madre  
Señor, pequé, ten misericordia de mí. Te adoramos Cristo y te bendecimos, porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador. Amén.
“Una espada atravesará tu corazón” (Lc 2,35)
Considera alma mía, cómo el Señor con la Santa Cruz a cuestas encontró a su Santísima Madre triste y afligida. Señor, por el dolor que sufrió la Santísima Virgen María, te pedimos que bendigas a todas las madres que en este mundo sufren de alguna manera o por causa nuestra.
¡Bendita y alabada sea la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su Santísima Madre al pie de la Cruz. Así sea!
Padre Nuestro, Ave María y Gloria.
 

QUINTA ESTACIÓN: El Cirineo ayuda a Jesús a llevar la cruz
Señor, pequé, ten misericordia de mí. Te adoramos Cristo y te bendecimos, porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador. Amén.
“Cuando llevaban a Jesús al Calvario, detuvieron a un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y lo cargaron con la cruz, para llevarla detrás de Jesús” (Lc 23,26)
Considera alma mía, cómo los judíos contrataron a Simón Cirineo para que ayudara a llevar la cruz a nuestro Redentor, no movidos por la piedad, sino temiendo que se les muriese en el camino por el grande peso de la cruz. Señor, que sepamos dar un poco de nuestro tiempo y de nuestro amor a aquellos que lo necesitan.
¡Bendita y alabada sea la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su Santísima Madre al pie de la Cruz. Así sea!
Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

SEXTA ESTACIÓN: La Verónica limpia el rostro de Jesús
Señor, pequé, ten misericordia de mí. Te adoramos Cristo y te bendecimos, porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador. Amén.
“Muchos se horrorizaban al verlo, tan desfigurado estaba su semblante que no tenía ya aspecto de hombre” (Is. 52, 14)
Considera alma mía, como la Verónica, viendo a Su Majestad fatigado, y su rostro oscurecido con el sudor, polvo, salivas y bofetadas, se llegó con toda reverencia a limpiárselo con un lienzo, en el cual quedó impreso el rostro divino del Salvador. Señor, ayúdanos a ser también como la Verónica, cristianos valerosos, para consolar a los que lloran y sufren por el camino.
¡Bendita y alabada sea la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su Santísima Madre al pie de la Cruz. Así sea!
Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

SÉPTIMA ESTACIÓN: Jesús cae por segunda vez
Señor, pequé, ten misericordia de mí. Te adoramos Cristo y te bendecimos, porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador. Amén.
“Eran nuestros sufrimientos los que llevaba, nuestros dolores los que pesaban… Ha sido traspasado por nuestros pecados, desecho por nuestras iniquidades…” (Is 53, 4-5)
Considera alma mía, cómo cayó el Señor por segunda vez en la puerta judiciaria. Señor, que no nos desalentemos frene a los fracasos o debilidades, sino que sepamos levantarnos y sigamos caminando.
¡Bendita y alabada sea la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su Santísima Madre al pie de la Cruz. Así sea!
Padre Nuestro, Ave María y Gloria.
OCTAVA ESTACIÓN: Jesús consuela a las piadosas mujeres
Señor, pequé, ten misericordia de mí. Te adoramos Cristo y te bendecimos, porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador. Amén.
“Seguían a Jesús una gran multitud del pueblo y de mujeres, que se golpeaban el pecho y lloraban por él, pero Jesús volviéndose a ellas, les dijo: ‘Hijas de Jerusalén, no lloren por mí; lloren más bien por ustedes y por sus hijos'” (Lc 23, 27-28)
Considera alma mía, cómo unas piadosas mujeres, viendo que llevaban a crucificar al Señor lloraron amargamente por verle tan injuriado. Señor, nos pides que lloremos por nosotros mismos por seguir en este mundo, pero ¿quién no se ha de compadecer de ti la mirarte así, Señor?.
¡Bendita y alabada sea la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su Santísima Madre al pie de la Cruz. Así sea!
Padre Nuestro, Ave María y Gloria. .
 
 
NOVENA ESTACIÓN: Jesús cae por tercera vez
Señor, pequé, ten misericordia de mí. Te adoramos Cristo y te bendecimos, porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador. Amén.
“Venid a mí todos los que estén cansados y oprimidos y yo los aliviaré. Carguen mi yugo sobre ustedes, y aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus almas” (Mt 11, 28-29)
Considera alma mía, cómo cayó el Señor por tercera vez en tierra, hasta llegar con su santa boca al suelo; y queriéndose levantar, no pudo, antes volvió a caer de nuevo. Señor, que no seamos causa de tropiezo para los demás, sino una mano amigo que alivie y levante.
¡Bendita y alabada sea la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su Santísima Madre al pie de la Cruz. Así sea!
Padre Nuestro, Ave María y Gloria.
 
 
DÉCIMA ESTACIÓN:
Jesús es despojado de sus vestiduras
Señor, pequé, ten misericordia de mí. Te adoramos Cristo y te bendecimos, porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador. Amén.
“Llegados al lugar llamado Gólgota le dieron a beber a Jesús vino mezclado con hiel, pero él, habiéndolo gustado, no quiso beber. Los que lo crucificaron se repartieron sus vestidos a suerte” (Mt. 27,33)
Considera alma mía, cómo habiendo llegado el Señor al Monte Calvario, los soldados sin piedad ninguna le despojaron de sus vestiduras. Señor, cuando el dolor nos toque y despoje de nuestro egoísmo y orgullo, que sepamos llenarnos de ti.
¡Bendita y alabada sea la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su Santísima Madre al pie de la Cruz. Así sea!
Padre Nuestro, Ave María y Gloria. 
 
 
DÉCIMA PRIMERA ESTACIÓN: Jesús es clavado en la Cruz
Señor, pequé, ten misericordia de mí. Te adoramos Cristo y te bendecimos, porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador. Amén.
“Cuando llegaron al lugar llamado Calvario, crucificaron allí a Jesús y a los dos malhechores, uno a la derecha y el otro a la izquierda” (Lc 23,34)
Considera alma mía, cómo fue clavado el Señor en el cruz; y oyendo su Santísima Madre el primer golpe de martillo, quedó transida de dolor. Señor, que tengamos el valor y la voluntad de perdonar a todos los que nos ofenden.
¡Bendita y alabada sea la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su Santísima Madre al pie de la Cruz. Así sea!
Padre Nuestro, Ave María y Gloria.
 
 
DÉCIMA SEGUNDA ESTACIÓN: Jesús muere en la Cruz
Señor, pequé, ten misericordia de mí. Te adoramos Cristo y te bendecimos, porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador. Amén.
“Hacia la hora sexta, las tinieblas cubrieron la tierra hasta la hora nona. El sol se eclipsó y el velo del Templo se rasgó en medio. Y Jesús, con fuerte voz dijo: ‘Padre en tus manos encomiendo mi espíritu’. Y al decir esto, expiró” (Lc 23, 44-46)
-Nos arrodillamos y permanecemos en silencio un momento –
Considera alma mía, cómo crucificado ya el Señor, y cruelmente atormentado, exhaló por tu amor el último suspiro. Señor, ayúdanos a comprender que morir no es quedarnos muertos, sino nacer a una nueva vida.
¡Bendita y alabada sea la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su Santísima Madre al pie de la Cruz. Así sea!
Padre Nuestro, Ave María y Gloria.
 
DÉCIMA TERCERA ESTACIÓN: Jesús en los brazos de María Santísima
Señor, pequé, ten misericordia de mí. Te adoramos Cristo y te bendecimos, porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador. Amén.
“Un hombre llamado José, el cual era del Consejo, hombre bueno y justo, de Arimatea, cuidad judía, quien esperaba también el reino de Dios, que no había estado de acuerdo en la resolución de ellos, en sus actos, fue a ver a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Después lo bajó y lo amortajó en una sábana” (Lc 23, 50-53)
Contempla alma mía, cómo José y Nicodemo bajaron de la cruz el santo Cuerpo y le pusieron en los brazos de la Santísima Virgen. Señor, que el dolor por quienes amamos nos lleve a comprender tu pasión y tu sufrimiento por nosotros.
¡Bendita y alabada sea la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su Santísima Madre al pie de la Cruz. Así sea!
Padre Nuestro, Ave María y Gloria.
 
 
DÉCIMA CUARTA ESTACIÓN: Jesús es puesto en el sepulcro
Señor, pequé, ten misericordia de mí. Te adoramos Cristo y te bendecimos, porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador. Amén.
“José tomó el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, y lo depositó en su propio sepulcro nuevo, que había hecho cavar en la roca, hizo rodar una piedra grande a la puerta del sepulcro y se retiró”. (Mt 27, 59-60)
Contempla alma mía, cómo la Virgen María, Señora nuestra, acompañó a colocar el Cuerpo de su querido Hijo en el Santo Sepulcro. Señor, que no tengamos miedo de morir, porque la muerte es un paso a la vida que eres tú.
¡Bendita y alabada sea la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su Santísima Madre al pie de la Cruz. Así sea!
Padre Nuestro, Ave María y Gloria.
 
Oración final:
Se reza un Padre Nuestro, una Ave María y un Gloria, por las intenciones del Papa, luego se añade:
Señor Jesús, hemos llegado al final de este camino doloroso que tú recorriste. Ahora levantamos nuestra vista y te vemos suspendido en la cruz, con las manos y los pies traspasados por los clavos y con la cabeza coronada de espinas. Sabemos Señor Jesús, que tu sufrimiento es el fruto de tu infinito amor por nosotros. Tú agonizas y mueres por nosotros. Haz que también nosotros te amemos mucho, para que vivamos fielmente a tu pasión y muerte y jamás nos separemos de ti por el pecado.
Te lo pedimos por los dolores de tu madre la Virgen María. Amén.
Despedida:
Recordemos las palabras del ángel: “No teman, sé que buscan al crucificado. No está aquí, ha resucitado como lo había dicho. Vayan aprisa a decir a sus discípulos: ¡ha resucitado!”

Miércoles de ceniza

La imposición de las cenizas nos recuerda que nuestra vida en la tierra es pasajera y que nuestra vida definitiva se encuentra en el Cielo.

La Cuaresma comienza con el Miércoles de Ceniza y es un tiempo de oración, penitencia y ayuno. Cuarenta días que la Iglesia marca para la conversión del corazón.

Las palabras que se usan para la imposición de cenizas, son:

“Concédenos, Señor, el perdón y haznos pasar del pecado a la gracia y de la muerte a la vida”

“Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás”

“Arrepiéntete y cree en el Evangelio”.
Origen de la costumbre

Antiguamente los judíos acostumbraban cubrirse de ceniza cuando hacían algún sacrificio y los ninivitas también usaban la ceniza como signo de su deseo de conversión de su mala vida a una vida con Dios.

En los primeros siglos de la Iglesia, las personas que querían recibir el Sacramento de la Reconciliación el Jueves Santo, se ponían ceniza en la cabeza y se presentaban ante la comunidad vestidos con un “hábito penitencial”. Esto representaba su voluntad de convertirse.

En el año 384 d.C., la Cuaresma adquirió un sentido penitencial para todos los cristianos y desde el siglo XI, la Iglesia de Roma acostumbra poner las cenizas al iniciar los 40 días de penitencia y conversión.

Las cenizas que se utilizan se obtienen quemando las palmas usadas el Domingo de Ramos de año anterior. Esto nos recuerda que lo que fue signo de gloria pronto se reduce a nada.

También, fue usado el período de Cuaresma para preparar a los que iban a recibir el Bautismo la noche de Pascua, imitando a Cristo con sus 40 días de ayuno.

La imposición de ceniza es una costumbre que nos recuerda que algún día vamos a morir y que nuestro cuerpo se va a convertir en polvo.Nos enseña que todo lo material que tengamos aquí se acaba. En cambio, todo el bien que tengamos en nuestra alma nos lo vamos a llevar a la eternidad. Al final de nuestra vida, sólo nos llevaremos aquello que hayamos hecho por Dios y por nuestros hermanos los hombres.

Cuando el sacerdote nos pone la ceniza, debemos tener una actitud de querer mejorar, de querer tener amistad con Dios. La ceniza se le impone a los niños y a los adultos.

Significado del carnaval al inicio de la Cuaresma

La palabra carnaval significa adiós a la carne y su origen se remonta a los tiempos antiguos en los que por falta de métodos de refrigeración adecuados, los cristianos tenían la necesidad de acabar, antes de que empezara la Cuaresma, con todos los productos que no se podían consumir durante ese período (no sólo carne, sino también leche, huevo, etc.)

Con este pretexto, en muchas localidades se organizaban el martes anterior al miércoles de ceniza, fiestas populares llamadas carnavales en los que se consumían todos los productos que se podrían echar a perder durante la cuaresma.

Muy pronto empezó a degenerar el sentido del carnaval, convirtiéndose en un pretexto para organizar grandes comilonas y para realizar también todos los actos de los cuales se “arrepentirían” durante la cuaresma, enmarcados por una serie de festejos y desfiles en los que se exaltan los placeres de la carne de forma exagerada, tal como sigue sucediendo en la actualidad en los carnavales de algunas ciudades, como en Río de Janeiro o Nuevo Orleans.

El ayuno y la abstinencia

El miércoles de ceniza y el viernes santo son días de ayuno y abstinencia. La abstinencia obliga a partir de los 14 años y el ayuno de los 18 hasta los 59 años. El ayuno consiste hacer una sola comida fuerte al día y la abstinencia es no comer carne. Este es un modo de pedirle perdón a Dios por haberlo ofendido y decirle que queremos cambiar de vida para agradarlo siempre.

La oración

La oración en este tiempo es importante, ya que nos ayuda a estar más cerca de Dios para poder cambiar lo que necesitemos cambiar de nuestro interior. Necesitamos convertirnos, abandonando el pecado que nos aleja de Dios. Cambiar nuestra forma de vivir para que sea Dios el centro de nuestra vida. Sólo en la oración encontraremos el amor de Dios y la dulce y amorosa exigencia de su voluntad.

Para que nuestra oración tenga frutos, debemos evitar lo siguiente:

La hipocresía: Jesús no quiere que oremos para que los demás nos vean llamando la atención con nuestra actitud exterior. Lo que importa es nuestra actitud interior.
La disipación: Esto quiere decir que hay que evitar las distracciones lo más posible. Preparar nuestra oración, el tiempo y el lugar donde se va a llevar a cabo para podernos poner en presencia de Dios.
La multitud de palabras: Esto quiere decir que no se trata de hablar mucho o repetir oraciones de memoria sino de escuchar a Dios. La oración es conformarnos con Él; nuestros deseos, nuestras intenciones y nuestras necesidades. Por eso no necesitamos decirle muchas cosas. La sinceridad que usemos debe salir de lo profundo de nuestro corazón porque a Dios no se le puede engañar.

El sacrificio

Al hacer sacrificios (cuyo significado es “hacer sagradas las cosas”), debemos hacerlos con alegría, ya que es por amor a Dios. Si no lo hacemos así, causaremos lástima y compasión y perderemos la recompensa de la felicidad eterna. Dios es el que ve nuestro sacrificio desde el cielo y es el que nos va a recompensar. “Cuando ayunéis no aparezcáis tristes, como los hipócritas que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo, ya recibieron su recompensa. Tú cuando ayunes, úngete la cabeza y lava tu cara para que no vean los hombres que ayunas, sino Tu Padre, que está en lo secreto: y tu padre que ve en lo secreto, te recompensará. “ (Mt 6,6)”

Conclusión

Como vemos, la ceniza no es un rito mágico, no nos quita nuestros pecados, para ello tenemos el Sacramento de la Reconciliación. Es un signo de arrepentimiento, de penitencia, pero sobre todo de conversión. Es el inicio del camino de la Cuaresma, para acompañar a Jesús desde su desierto hasta el día de su triunfo que es el Domingo de Resurrección.

Debe ser un tiempo de reflexión de nuestra vida, de entender a donde vamos, de analizar como es nuestro comportamiento con nuestra familia y en general con todos los seres que nos rodean.

En estos momentos al reflexionar sobre nuestra vida, debemos convertirla de ahora en adelante en un seguimiento a Jesús, profundizando en su mensaje de amor y acercándonos en esta Cuaresma al Sacramento de la Reconciliación (también llamado confesión), que como su nombre mismo nos dice, representa reconciliarnos con Dios y sin reconciliarnos con Dios y convertirnos internamente, no podremos seguirle adecuadamente.

Está Reconciliación con Dios está integrada por el Arrepentimiento, la Confesión de nuestros pecados, la Penitencia y finalmente la Conversión.

El arrepentimiento debe ser sincero, reconocer que las faltas que hemos cometido (como decimos en el Yo Pecador: en pensamiento, palabra, obra y omisión), no las debimos realizar y que tenemos el firme propósito de no volverlas a cometer.

La confesión de nuestros pecados.- el arrepentimiento de nuestras faltas, por sí mismo no las borra, sino que necesitamos para ello la gracia de Dios, la cual llega a nosotros por la absolución de nuestros pecados expresada por el sacerdote en la confesión.

La penitencia que debemos cumplir empieza desde luego por la que nos imponga el sacerdote en el Sacramento de la Reconciliación, pero debemos continuar con la oración, que es la comunicación íntima con Dios, con el ayuno, que además del que manda la Iglesia en determinados días, es la renuncia voluntaria a diferentes satisfactores con la intención de agradar a Dios y con la caridad hacia el prójimo.

Y finalmente la Conversión que como hemos dicho es ir hacia delante, es el seguimiento a Jesús.

Es un tiempo de pedir perdón a Dios y a nuestro prójimo, pero es también un tiempo de perdonar a todos los que de alguna forma nos han ofendido o nos han hecho algún daño. Pero debemos perdonar antes y sin necesidad de que nadie nos pida perdón, recordemos como decimos en el Padre Nuestro, muchas veces repitiéndolo sin meditar en su significado, que debemos pedir perdón a nuestro Padre, pero antes tenemos que haber perdonado sinceramente a los demás.

Y terminemos recorriendo al revés nuestra frase inicial, diciendo que debemos escuchar y leer el Evangelio, meditarlo y Creer en él y con ello Convertir nuestra vida, siguiendo las palabras del Evangelio y evangelizando, es decir transmitiendo su mensaje con nuestras acciones y nuestras palabras.

Mensaje del Papa Benedicto XVI para la Cuaresma 2011

«Con Cristo sois sepultados en el Bautismo, con él también habéis resucitado» (cf. Col 2, 12)
Queridos hermanos y hermanas:
La Cuaresma, que nos lleva a la celebración de la Santa Pascua, es para la Iglesia un tiempo litúrgico muy valioso e importante, con vistas al cual me alegra dirigiros unas palabras específicas para que lo vivamos con el debido compromiso. La Comunidad eclesial, asidua en la oración y en la caridad operosa, mientras mira hacia el encuentro definitivo con su Esposo en la Pascua eterna, intensifica su camino de purificación en el espíritu, para obtener con más abundancia del Misterio de la redención la vida nueva en Cristo Señor (cf. Prefacio I de Cuaresma).

1. Esta misma vida ya se nos transmitió el día del Bautismo, cuando «al participar de la muerte y resurrección de Cristo» comenzó para nosotros «la aventura gozosa y entusiasmante del discípulo» (Homilía en la fiesta del Bautismo del Señor, 10 de enero de 2010). San Pablo, en sus Cartas, insiste repetidamente en la comunión singular con el Hijo de Dios que se realiza en este lavacro. El hecho de que en la mayoría de los casos el Bautismo se reciba en la infancia pone de relieve que se trata de un don de Dios: nadie merece la vida eterna con sus fuerzas. La misericordia de Dios, que borra el pecado y permite vivir en la propia existencia «los mismos sentimientos que Cristo Jesús» (Flp 2, 5) se comunica al hombre gratuitamente.
El Apóstol de los gentiles, en la Carta a los Filipenses, expresa el sentido de la transformación que tiene lugar al participar en la muerte y resurrección de Cristo, indicando su meta: que yo pueda «conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos» (Flp 3, 10-11). El Bautismo, por tanto, no es un rito del pasado sino el encuentro con Cristo que conforma toda la existencia del bautizado, le da la vida divina y lo llama a una conversión sincera, iniciada y sostenida por la Gracia, que lo lleve a alcanzar la talla adulta de Cristo.
Un nexo particular vincula al Bautismo con la Cuaresma como momento favorable para experimentar la Gracia que salva. Los Padres del Concilio Vaticano II exhortaron a todos los Pastores de la Iglesia a utilizar «con mayor abundancia los elementos bautismales propios de la liturgia cuaresmal» (Sacrosanctum Concilium, 109). En efecto, desde siempre, la Iglesia asocia la Vigilia Pascual a la celebración del Bautismo: en este Sacramento se realiza el gran misterio por el cual el hombre muere al pecado, participa de la vida nueva en Jesucristo Resucitado y recibe el mismo espíritu de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos (cf. Rm 8, 11). Este don gratuito debe ser reavivado en cada uno de nosotros y la Cuaresma nos ofrece un recorrido análogo al catecumenado, que para los cristianos de la Iglesia antigua, así como para los catecúmenos de hoy, es una escuela insustituible de fe y de vida cristiana: viven realmente el Bautismo como un acto decisivo para toda su existencia.

2. Para emprender seriamente el camino hacia la Pascua y prepararnos a celebrar la Resurrección del Señor —la fiesta más gozosa y solemne de todo el Año litúrgico—, ¿qué puede haber de más adecuado que dejarnos guiar por la Palabra de Dios? Por esto la Iglesia, en los textos evangélicos de los domingos de Cuaresma, nos guía a un encuentro especialmente intenso con el Señor, haciéndonos recorrer las etapas del camino de la iniciación cristiana: para los catecúmenos, en la perspectiva de recibir el Sacramento del renacimiento, y para quien está bautizado, con vistas a nuevos y decisivos pasos en el seguimiento de Cristo y en la entrega más plena a él.
El primer domingo del itinerario cuaresmal subraya nuestra condición de hombre en esta tierra. La batalla victoriosa contra las tentaciones, que da inicio a la misión de Jesús, es una invitación a tomar conciencia de la propia fragilidad para acoger la Gracia que libera del pecado e infunde nueva fuerza en Cristo, camino, verdad y vida (cf. Ordo Initiationis Christianae Adultorum, n. 25). Es una llamada decidida a recordar que la fe cristiana implica, siguiendo el ejemplo de Jesús y en unión con él, una lucha «contra los Dominadores de este mundo tenebroso» (Ef 6, 12), en el cual el diablo actúa y no se cansa, tampoco hoy, de tentar al hombre que quiere acercarse al Señor: Cristo sale victorioso, para abrir también nuestro corazón a la esperanza y guiarnos a vencer las seducciones del mal.
El Evangelio de la Transfiguración del Señor pone delante de nuestros ojos la gloria de Cristo, que anticipa la resurrección y que anuncia la divinización del hombre. La comunidad cristiana toma conciencia de que es llevada, como los Apóstoles Pedro, Santiago y Juan «aparte, a un monte alto» (Mt 17, 1), para acoger nuevamente en Cristo, como hijos en el Hijo, el don de la gracia de Dios: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle» (v. 5). Es la invitación a alejarse del ruido de la vida diaria para sumergirse en la presencia de Dios: él quiere transmitirnos, cada día, una palabra que penetra en las profundidades de nuestro espíritu, donde discierne el bien y el mal (cf. Hb 4, 12) y fortalece la voluntad de seguir al Señor.
La petición de Jesús a la samaritana: «Dame de beber» (Jn 4, 7), que se lee en la liturgia del tercer domingo, expresa la pasión de Dios por todo hombre y quiere suscitar en nuestro corazón el deseo del don del «agua que brota para vida eterna» (v. 14): es el don del Espíritu Santo, que hace de los cristianos «adoradores verdaderos» capaces de orar al Padre «en espíritu y en verdad» (v. 23). ¡Sólo esta agua puede apagar nuestra sed de bien, de verdad y de belleza! Sólo esta agua, que nos da el Hijo, irriga los desiertos del alma inquieta e insatisfecha, «hasta que descanse en Dios», según las célebres palabras de san Agustín.
El domingo del ciego de nacimiento presenta a Cristo como luz del mundo. El Evangelio nos interpela a cada uno de nosotros: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?». «Creo, Señor» (Jn 9, 35.38), afirma con alegría el ciego de nacimiento, dando voz a todo creyente. El milagro de la curación es el signo de que Cristo, junto con la vista, quiere abrir nuestra mirada interior, para que nuestra fe sea cada vez más profunda y podamos reconocer en él a nuestro único Salvador. Él ilumina todas las oscuridades de la vida y lleva al hombre a vivir como «hijo de la luz».
Cuando, en el quinto domingo, se proclama la resurrección de Lázaro, nos encontramos frente al misterio último de nuestra existencia: «Yo soy la resurrección y la vida… ¿Crees esto?» (Jn 11, 25-26). Para la comunidad cristiana es el momento de volver a poner con sinceridad, junto con Marta, toda la esperanza en Jesús de Nazaret: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo» (v. 27). La comunión con Cristo en esta vida nos prepara a cruzar la frontera de la muerte, para vivir sin fin en él. La fe en la resurrección de los muertos y la esperanza en la vida eterna abren nuestra mirada al sentido último de nuestra existencia: Dios ha creado al hombre para la resurrección y para la vida, y esta verdad da la dimensión auténtica y definitiva a la historia de los hombres, a su existencia personal y a su vida social, a la cultura, a la política, a la economía. Privado de la luz de la fe todo el universo acaba encerrado dentro de un sepulcro sin futuro, sin esperanza.
El recorrido cuaresmal encuentra su cumplimiento en el Triduo Pascual, en particular en la Gran Vigilia de la Noche Santa: al renovar las promesas bautismales, reafirmamos que Cristo es el Señor de nuestra vida, la vida que Dios nos comunicó cuando renacimos «del agua y del Espíritu Santo», y confirmamos de nuevo nuestro firme compromiso de corresponder a la acción de la Gracia para ser sus discípulos.

3. Nuestro sumergirnos en la muerte y resurrección de Cristo mediante el sacramento del Bautismo, nos impulsa cada día a liberar nuestro corazón del peso de las cosas materiales, de un vínculo egoísta con la «tierra», que nos empobrece y nos impide estar disponibles y abiertos a Dios y al prójimo. En Cristo, Dios se ha revelado como Amor (cf. 1 Jn 4, 7-10). La Cruz de Cristo, la «palabra de la Cruz» manifiesta el poder salvífico de Dios (cf. 1 Co 1, 18), que se da para levantar al hombre y traerle la salvación: amor en su forma más radical (cf. Enc. Deus caritas est, 12). Mediante las prácticas tradicionales del ayuno, la limosna y la oración, expresiones del compromiso de conversión, la Cuaresma educa a vivir de modo cada vez más radical el amor de Cristo. El ayuno, que puede tener distintas motivaciones, adquiere para el cristiano un significado profundamente religioso: haciendo más pobre nuestra mesa aprendemos a superar el egoísmo para vivir en la lógica del don y del amor; soportando la privación de alguna cosa —y no sólo de lo superfluo— aprendemos a apartar la mirada de nuestro «yo», para descubrir a Alguien a nuestro lado y reconocer a Dios en los rostros de tantos de nuestros hermanos. Para el cristiano el ayuno no tiene nada de intimista, sino que abre mayormente a Dios y a las necesidades de los hombres, y hace que el amor a Dios sea también amor al prójimo (cf. Mc 12, 31).
En nuestro camino también nos encontramos ante la tentación del tener, de la avidez de dinero, que insidia el primado de Dios en nuestra vida. El afán de poseer provoca violencia, prevaricación y muerte; por esto la Iglesia, especialmente en el tiempo cuaresmal, recuerda la práctica de la limosna, es decir, la capacidad de compartir. La idolatría de los bienes, en cambio, no sólo aleja del otro, sino que despoja al hombre, lo hace infeliz, lo engaña, lo defrauda sin realizar lo que promete, porque sitúa las cosas materiales en el lugar de Dios, única fuente de la vida. ¿Cómo comprender la bondad paterna de Dios si el corazón está lleno de uno mismo y de los propios proyectos, con los cuales nos hacemos ilusiones de que podemos asegurar el futuro? La tentación es pensar, como el rico de la parábola: «Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años… Pero Dios le dijo: “¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma”» (Lc 12, 19-20). La práctica de la limosna nos recuerda el primado de Dios y la atención hacia los demás, para redescubrir a nuestro Padre bueno y recibir su misericordia.

En todo el período cuaresmal, la Iglesia nos ofrece con particular abundancia la Palabra de Dios. Meditándola e interiorizándola para vivirla diariamente, aprendemos una forma preciosa e insustituible de oración, porque la escucha atenta de Dios, que sigue hablando a nuestro corazón, alimenta el camino de fe que iniciamos en el día del Bautismo. La oración nos permite también adquirir una nueva concepción del tiempo: de hecho, sin la perspectiva de la eternidad y de la trascendencia, simplemente marca nuestros pasos hacia un horizonte que no tiene futuro. En la oración encontramos, en cambio, tiempo para Dios, para conocer que «sus palabras no pasarán» (cf. Mc 13, 31), para entrar en la íntima comunión con él que «nadie podrá quitarnos» (cf. Jn 16, 22) y que nos abre a la esperanza que no falla, a la vida eterna.
En síntesis, el itinerario cuaresmal, en el cual se nos invita a contemplar el Misterio de la cruz, es «hacerme semejante a él en su muerte» (Flp 3, 10), para llevar a cabo una conversión profunda de nuestra vida: dejarnos transformar por la acción del Espíritu Santo, como san Pablo en el camino de Damasco; orientar con decisión nuestra existencia según la voluntad de Dios; liberarnos de nuestro egoísmo, superando el instinto de dominio sobre los demás y abriéndonos a la caridad de Cristo. El período cuaresmal es el momento favorable para reconocer nuestra debilidad, acoger, con una sincera revisión de vida, la Gracia renovadora del Sacramento de la Penitencia y caminar con decisión hacia Cristo.
Queridos hermanos y hermanas, mediante el encuentro personal con nuestro Redentor y mediante el ayuno, la limosna y la oración, el camino de conversión hacia la Pascua nos lleva a redescubrir nuestro Bautismo. Renovemos en esta Cuaresma la acogida de la Gracia que Dios nos dio en ese momento, para que ilumine y guíe todas nuestras acciones. Lo que el Sacramento significa y realiza estamos llamados a vivirlo cada día siguiendo a Cristo de modo cada vez más generoso y auténtico. Encomendamos nuestro itinerario a la Virgen María, que engendró al Verbo de Dios en la fe y en la carne, para sumergirnos como ella en la muerte y resurrección de su Hijo Jesús y obtener la vida eterna.
Benedicto XVI

Mira la estrella, llama a María

Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas en los escollos de las tribulaciones, mira a la estrella, llama a María. Si eres agitado por las olas de la soberbia, de la detracción, de la ambición o de la envidia, mira a la estrella, llama a María. Si la ira, la avaricia o la impureza impelen violentamente la navecilla de tu alma, mira a la estrella, llama a María (…) No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón (…).

“No te descaminarás si la sigues, no desesperarás si la ruegas, no te perderás si en Ella piensas. Si Ella te tiene de su mano, no caerás; si te protege, nada tendrás que temer; no te fatigarás, si es tu guía: llegarás felizmente a puerto, si Ella te ampara.”

(San Bernardo, Homiliae super “Missus est” 2, 17).